Ángel Pedro Giler

PINCELADAS HISTÓRICAS DE LA PARROQUIA ÁNGEL PEDRO GILER

Ángel Pedro Giler otrora llamada "La Estancilla"

Luego, poco a poco, así como sube la marea sobre las playas, casi sin darse cuenta, la civilización empezó a calar en el  primitivo manabita. Nuestros antepasados empezaron a domesticar los animales y, sobre todo, las plantas: aparece el cultivo del maíz y el del algodón; dan inicio a su larga carrera como ceramistas, puesto que empiezan a fabricar vasijas y a representar plásticamente el mundo que les rodea; al domesticar el algodón, inventan el hilado y el tejido, y pronto confeccionan sus propios vestuarios; construyen grandes casas ovaladas empleando, al igual que todavía se hace hoy, la caña guadúa y la madera, propias de nuestra tierra; dan valor a lo estético: crean peinados y usan la pintura que, seguramente, estampa figuras variadas sobre sus cuerpos. Los varones de estos pueblos valorizaron profundamente la maternidad y el hecho femenino y lo inmortalizaron en sus famosas “Venus”, pregonando a todos los pueblos pasados, presentes y futuros de la América y el orbe entero, la importancia del bello sexo para el desarrollo de la sociedad. A este movimiento cultural, correspondiente al período Formativo, se denomina Cultura Valdivia.

Las gentes de esta Cultura fueron nuestros antepasados.

Hacia el 1.500 a.C., un nuevo estilo cultural se va imponiendo entre los moradores de nuestros territorios, no sólo en la cerámica sino, sobre todo, en la concepción de la vida y el mundo. Era el movimiento cultural hoy denominado “Chorrera”.

Ahora el varón ha desplazado la figura de la mujer en  su sociedad, seguramente por el activo papel que desempeña en el desarrollo del comercio, que desde entonces empieza a verificarse con otros pueblos más o menos distantes, y en el de la defensa de sus poblados ante las incursiones de forasteros que quieren saquear sus riquezas o raptar a sus mujeres. La elaboración de tejidos y prendas de vestir se destaca. Los sencillos peinados de moda

durante algunos siglos anteriores, ahora son cambiados con las deformaciones de sus cráneos cubiertos con sencillos tocados a manera de cascos, o quizás gracias al uso del achiote, a la manera de los actuales cayapas y colorados. Ahora pintan sus blancas batas de algodón con motivos variados y también tatúan sus cuerpos; alrededor de sus cuellos, muñecas y tobillos, empiezan a usar collares y pulseras ya sea de concha marina, huesos animales o cuentas metálicas. Sus construcciones se hacen más elaboradas, gracias a su sedentarismo, continuando con el uso de la caña gadúa, el cadi y la madera de la región. Descubren la domesticación de la yuca, el maní y la piña, inventan rayadores y exprimidores para continuar con su ya milenaria tradición culinaria, sentando así las bases de nuestra exquisita comida actual, tan afamada en todo el mundo…

Después de alrededor de tres mil años en el que fueron dándose estos hechos culturales, en lo que los arqueólogos hoy llaman período del Desarrollo Regional, se gesta una nueva etapa en la cultura de los habitantes de nuestro hoy cantón Tosagua: se trata de la Cultura Bahía. Los hombres de este tiempo construyen sobre montículos de tierra, grandes casas de techo con tumbado para que sean más frescas, especialmente durante los calurosos inviernos. Usan faldones multicolores, por toda ropa, pero sus tocados son muy llamativos y hermosos. Son los primeros en trabajar el oro, dentro de lo que hoy es nuestro Ecuador; por ello pueden usar narigueras y aretes, collares y pulseras de este precioso metal. No son guerreros, pero son profundamente religiosos, y la culebra, el lagarto, el tigrillo y el murciélago, se convierten en las deidades a quienes rinden culto.

Quinientos años antes del nacimiento de Jesucristo, durante el llamado Período de Integración, nuestros antepasados, que ya trabajaban el oro que traían, probablemente, del norte de la actual Esmeraldas, también fundían la plata, el hierro y el cobre, y sabían hacer desde máscaras y armaduras, hasta orejeras y agujas para la costura. Seguían fabricando para su uso, faldones y camisetas cada vez más estilizados, ahora bordados primorosamente y pintados.

Nuestros antepasados algodoneros fueron tan diestros que -lo sabemos por la historia- que hacían llegar al Inca Atahualpa, en el lejano Cuzco, telas y vestidos para que vista el Emperador del Tahuantinsuyo. Comerciaban hasta México y la costa norte de Chile usando canoas, para salir al mar, y de allí continuar mediante grandes balsas movidas por velas. Sus casas eran de piedra con techo de cadi, y sus ciudades grandes, bonitas y bien trazadas. Como eran muy religiosos, tanto los habitantes del campo como los de la ciudad peregrinaban hasta sus templos, llevando sus ofrendas a los dioses.

Esta fue la sencilla pero esplendorosa cultura Manteña, resultante de más de cuatro milenios de existencia; Cultura que encontraron los españoles al llegar a nuestro litoral en 1526, después de que, siglos antes que ellos, la nación Cara, con su Schyri a la cabeza, hubiera invadido las costas de la bahía de Caráquez y se aposentara en estos parajes, a su paso hacia la región de los Quitus, en nuestro altiplano andino.

Hombres y mujeres indígenas de nuestra tierra, pertenecientes a esta oleada cultural Manteña, eran aquellos y aquellas a quienes encontró Francisco Pizarro en 1531 en sus viajes de exploración de estas -para ellos- nuevas tierras, y a las que tropezó, en su apurado y violento paso por nuestro valle, el Adelantado Pedro de Alvarado, en 1.534. Éste, junto con sus hombres, fue el primer europeo en denominarles Tossahuas en honor al líder aborigen muerto casi a su llegada, y el primero en unirse con una indígena manabita -con la viuda del cacique- y, quizá, el primero en mestizar nuestra raza.

Con la fundación española de la hoy capital provincial, San Gregorio de Portoviejo, se concretaron la pacificación de los amerindios de nuestra región y la legal incorporación de estos territorios a la Corona española: se había iniciado el Coloniaje y el  mestizaje y, con ellos, nuestra historia.

Las pestes introducidas por los europeos a estos campos, junto con el terror y el desconcierto frutos de la Conquista, habían diezmado los antiguos florecientes poblados aborígenes, que hoy se encontraban desiertos, o casi, de sus antiguos moradores. Lo cierto es que setenta y un años después, para 1605, los habitantes que quedaban en estas regiones dependientes de Charapotó, eran a duras penas 102 indios, según censo de la época. En esta población del hoy cantón Sucre, recibieron su formación humana y cristiana nuestros antepasados.

En 1.613 y por espacio de 24 años, el Jesuíta Onofre Esteban organizó a los pocos indígenas sobrevivientes de esta vasta región manabita, en ocho poblaciones entre las que se cuenta Tosagua, que junto con Canoa y Chone son las únicas que han sobrevivido el paso del tiempo, pudiendo decir que fue ese insigne Sacerdote natural de Chachapoyas (hoy Perú) el fundador de nuestra cabecera cantonal, que inmediatamente se convirtió en parroquia eclesiástica del Obispado de Quito.

No es que el pueblo de Tossahua no haya existido hasta ese entonces, no, porque hacia 1593 ya aparece este nombre como el de una parcialidad “reducida”, sino que a partir de 1613, poco más, Tosagua se erige como población alrededor de una iglesia parroquial, como lo es hasta la presente, exceptuando el espacio que va desde 1789 a los 1800, como ya lo veremos después.

Gracias a las informaciones proporcionadas por el cura doctrinero de Passao y Coaque, el sacerdote mercedario Diego Velasco a don Martín de Fuica, en marzo de 1624 se concluyó el camino entre Bahía y Quito. Lo concluyó don José de Larrazabal, fundador de san Antonio de Caráquez, hoy Bahía. Dicho camino que salía de dicha población, pasaba por Garrapatas, Figueroa, Mosquito, Chone y, luego, hasta Santo Domingo de los Colorados. De allí a Aloag y, finalmente, a Quito. Como estamos viendo, nuestros actuales territorios se han visto vinculados al quehacer nacional desde los inicios de su historia.

La administración ibérica puso nuestro territorio bajo el mando del Virrey del Perú, aunque después lo haga bajo la tutela del de Nueva Granada; sin embargo, casi desde el inicio de la Colonia, fuimos administrados directamente por la Audiencia de Quito.

El primer historiador ecuatoriano, el riobambeño P. Juan de Velasco, en el Libro III de su “Historia Moderna del Reino de Quito”, junto con los gobiernos de Guayaquil y de Cuenca, menciona dos que tienen que ver estrechamente con nuestra jurisdicción parroquial; éstos son los Gobiernos de Atacames y de Cara.

Del segundo (del de Cara) en 1789 en que edita su libro, nos dice que “no queda más que la memoria”, porque políticamente ya no existe. Su centro había sido la población de Cara, fundada en 1562 por el Capitán Francisco de Rivas, por orden del IV Virrey del Perú y sobre las bases de la antigua población indígena, heredera de la nación Cara, muy posiblemente donde hoy se encuentra la población de Canoa. Sin embargo y para el conocimiento de nuestra historia parroquial, es necesario dejar constancia que la margen derecha de nuestro río, hoy llamado Carrizal, pertenecieron a este pretérito gobierno español de la Colonia, mientras los territorios ribereños izquierdos, fueron parte del Gobierno de Guayaquil.

Debido a la decadencia de dicho gobierno de Cara, esos territorios pasaron a formar parte del Gobierno de Atacames, también denominado de Las Esmeraldas, hacia 1747.

En 1789 –como ya mencionamos algo antes- siendo nuestros antepasados parte del Obispado de Cuenca, su primer Obispo José Carrión y Marfil, dispone la supresión de la parroquia eclesiástica de Tosagua debido a la poquedad de sus habitantes, ordenando que los tosagüenses acudan, para cumplir con sus deberes religiosos, a la iglesia parroquial de Rocafuerte, antes Pichota.

He aquí una causa de la dependencia administrativa que tuvo nuestra región con respecto a Rocafuerte por tantos años.

Con la adhesión de Portoviejo y sus territorios al movimiento independentista de Guayaquil el 18 de octubre de 1820, nuestro actual cantón entra en la era de la Independencia.

Con la Batalla del Pichincha, en 1822 pasamos a formar parte de la Gran Colombia. Así pues, por disposición del Libertador Bolívar, Tosagua, que debió ser muy importante en la economía regional, pasó a ser parroquia de Montecristi para luego, por motivos económico-políticos, llegarlo a ser de Portoviejo.

En 1852, ya en la República, nuestros territorios pasan a formar parte del cantón Rocafuerte, hasta 1984, en que vinimos a integrar nuestro querido cantón Tosagua.

Hacia 1795 se habían asentado en nuestro territorio gentes provenientes de la Península Ibérica, motivadas, sin duda, por el creciente cultivo del cacao, producto agrícola que enriquecerá, hasta entrado el siglo XX, a los habitantes de estas regiones. Para este tiempo ya se ha empezado a formar una economía basada no tan solo en la agricultura, sino también en la ganadería. Dice el escritor manabita Horacio Hidrovo Peñaherrera en su ensayo “Esperanza y Desesperanza del Montubio Manabita” que “un suficiente y abierto espacio físico, el desarrollo de la ganadería que exigía una limitada inversión económica, determinó la fundación de las estancias”. Y menciona como consecuencia de este nuevo modo de producción, la creación de poblaciones que dejan entrever en sus nombres tal origen, como Estancia Vieja, en el cantón Portoviejo, Estancia Las Palmas, en Montecristi, y La Estancilla, en el nuestro.

De ser esto cierto, habrá que concordar con la distinguida docente Piedad Iturralde de Hidalgo, ilustre hija putativa de este Cantón, quien en su ensayo “Notas Históricas de Tosagua”, manifiesta que el primigenio nombre de nuestra cabecera parroquial era La Estancia, luego transformado por su diminutivo en “La Estancilla”. Entonces podríamos afirmar que el origen de tal topónimo está en la mismísima producción ganadera que hasta la actualidad ha sido reputada como de las mejores en la Provincia.

Otro origen del nombre puede ser que por encontrarse situada a orillas del hermoso Carrizal, nuestra población también fue paso obligado y seguro refugio y estadía para los pasajeros de balsas, canoas o vapores que se dirigían hacia Calceta o hacia Bahía, donde reponían fuerzas o tomaban las bestias de carga para movilizarse hasta otros puntos geográficos circundantes, dándole la característica de estancia a este paraje. Aunque también debemos recordar algo más: desde 1905 hasta 1966 –siempre siguiendo la obra de la Lcda. Iturralde- el ferrocarril que unía a Bahía de Caráquez con Calceta y Chone pasaba por esta población y, al parecer, los viajeros, hacían un pequeño alto aquí, lo que le daba el carácter de una pequeña estadía o “estancia” a nuestro pueblo.

Pero sea cual fuere el verdadero origen del amado nombre de nuestra cabecera parroquial, lo único seguro es que tuvo mucho que ver con el desarrollo socio económico de nuestra bio región, al igual que lo sigue teniendo hoy día.

Según la investigación hecha por nuestra ya mentada ilustre docente, los primeros moradores de La Estancilla fueron los señores Felipe Ganchozo, Francisco Mendoza y Francisco Ormaza con sus familias respectivas. Luego lo poblaron don Ángel Pedro Giler y Pedro Bienvenido Cedeño. Su primer Teniente Político fue el señor Boanerges García Ponce.

La nominación de “Ángel Pedro Giler”, adoptado oficialmente por nuestra jurisdicción parroquial desde el 10 de marzo de 1945 y restituido por Ordenanza Municipal del 25 de octubre de 1996, aprobada por Acuerdo Nº 092  del Ministerio de Gobierno, del 9 de diciembre del mismo año, es el nombre de un ilustre tosagüense radicado en La Madera, gestor del progreso material, social y cultural de esta parroquia. Sus obras van desde el trazado del plano de la población, pasando por la construcción del templo parroquial y locales escolares, readecuación del cementerio, hasta la de crear un centro de formación agropecuaria, equipándolo para el efecto. Este ilustre pro hombre nacido en 1875, falleció el 19 de noviembre de 1946, dejando tras de sí una estela de civismo, trabajo y progreso, digno ejemplo para todos nosotros.

Elaborada por: Abg. Juan Villacreses Viteri

4 Respuestas a “Ángel Pedro Giler

  1. Me parece muy interesante conocer esta bella historia, Aunque no mencionen a mi Abuelo que fue uno de los primeros al igual que la Familia Ormaza de hecho eran primos pero bueno no importa.Lo deben conocer muchos a Honorato Vera y Betzabe Lucas Ganchozo..de esa noble familia fundadora igual somos parte nosotros hoy radicados en Quito, pero Estancilleros con orgullo siempre recorro las calles de mi bella pARROQUIA..Saludos y un fuerte abrazo a tods..Rocio Valencia Vera..hija de Teolinda Vera Lucas..quien no conoce a mi madre la dura de los aguados de gallina y la verdadera fritada costeña..empanadas de verde ect. asi nos crio y ahora somos felices de existir y saber de donde venimos..!!!

  2. Gran Parroquia

  3. excelente información, es claramente visible que el escritor está muy bien informado

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