Una fascinante historia


Ultimo de los trenes que rodaron por las vias manabitas 1950

Eran las cinco de la tarde de un día de noviembre de 1945 cuando la locomotora de carga y pasajeros que venía desde Chone arribó al barrio que, mucho tiempo después, nuestro protagonista de este relato supo que se llamaba la Terminal del tren o el Astillero de Bahía de Caráquez. El tren había salido desde Chone muy por la mañana y un poco antes de las once del día había parado en Tosagua para recoger más cargas y pasajeros y seguir su perezoso recorrido rumbo a la ciudad de los Caras. 
Ese mismo día, una familia entera con hatos y garabatos acomodados en el lomo de asnos, mulas y caballos, había salido bien de mañana desde su poblado de origen llamado “La Montañita” (hoy de Junín) situado a unos 13 k de Tosagua con la orden paterna de tomar el “ferrocarril” en la estación de la Estancilla, unos 3 k antes de llegar a Tosagua, pues él estaría esperando en Bahía. Uno de los chiquillos iba inquieto sobre el lomo de un asno cargado con bultos y baúles, él quería llegar pronto para subirse al ferro y sentir el viento fresco en su carita cuando el aparato emprendiera su marcha a gran velocidad, pero el paso del pobre pollino era lento y la  paciencia del niño se agotó. Entonces, se botó al suelo e hizo bajar a su hermano mayor y a dos primos que iban en otros jumentos para adelantarse a pie por el camino real soleado y polvoriento. Los primos regresarían al poblado con las acémilas ya sin carga una vez que viesen partir a sus familiares.

Paso del tren por Tosagua en 1933

La madre llamaba, la tía amenazaba “no corran niños, vengan, suban cada uno a su burro”, pero el niño vivaracho que había conquistado a los demás le contestó: “Nosotros vamos a ir a caballo tía”, y diciendo aquello, cada uno – a la orden del líder – agarró un pedazo de varenga seca que había por ahí a la vera del camino  de herradura, montaron cual si fuera un brioso corcel y emprendieron veloz carrera adelantándose a la caravana y levantando gran polvareda, ya que algunas varengas tenían los extremos de sus ramas  sin cortar. “Déjelos – dijo la buen madre – que ese galope no les dura mucho”. Efectivamente, cuando el sol apretaba y antes de un kilómetro, estaban bajo la sombra de un árbol esperando por agua y para montar de nuevo en sus lentos burros, sus mejillas rosadas por la agitación, chorreaban sudor turbio por la mezcla con el polvo de tierra que ellos mismos levantaban al corretear en sus caballitos de palo. Poco rato después llegaron a la estación, pero  el “ferro” ya había pasado y debieron avanzar  hasta Tosagua porque allá era donde pararía el mencionado tren de carga, único transporte ya por ese día y que debían abordar de “manga o falda” porque el jefe del hogar los estaría esperando.
Al llegar a la estación del tren en Tosagua, todos los bártulos fueron ubicados en espera de su llegada y la madre aprovechó para alimentar a sus hijitos, dos varones y dos mujeres y comprar algún ajuar nuevo para seguir su viaje a un lugar desconocido donde se ubicarían con su esposo y familia en ese proceso migratorio que desde siempre caracteriza al ser humano en la búsqueda permanente de mejores días. Al segundo de los hijos que era el más molestoso debió comprarle un par de zapatitos nuevos, pues, los que traía se le había abierto por venir levantando polvo y pateando terrones cuando emprendieron el galope en sus caballitos de palo. Fueron zapatos de lona azul suela blanca marca “Venus” que el niño con gran alegría se colocó enseguida y correteaba sobre el andén para probar las bondades de la prenda mientras esperaban.

Paso del tren en Tosagua

Acompañaban a la madre para ayudar en el embarque y desembarque de los baúles, catres de hierro y más cachivaches, dos jóvenes, un hermano del jefe del hogar y un primo, quienes, además, llevaban la misión de saber dónde se ubicaría la familia, ya que era la primera que salía del poblado fundado por el Patriarca de  la generación, cuyo grado de parentesco con el jefe que abandonaba el pueblo era de abuelo. El estridente silbato de la locomotora alertó a todo el mundo y pocos minutos después había parado frente a la estación, donde embarcaron la carga y subieron los pasajeros, aunque estos debieron ocupar un vagón de carga y acomodarse sobre aquella. Allí, la madre con sus cuatro retoños –la menor de apenas un año- sobre sus maletas y baúles y emprendieron el pesado viaje que duró hasta las cinco de la tarde, seis horas e viaje.
Ahí estaba el jefe del hogar, muy preocupado porque cuando llegó el ferrocarril, como al medio día y no vio a su familia, supo que habían perdido ese transporte más cómodo y más rápido. Mientras desembarcaron y luego ubicaron la carga en dos canoas para cruzar a San Vicente y, entre tanto, se daba a los niños algún refresco en la tienda de un señor que se llamaba Manuel Barrera. La familia debía pasar en lancha, algo más grandes que las actuales y de madera, pero mientras se refrescaban dieron las seis de la tarde y la última lancha del día partió rumbo a San Vicente. Entonces toda la familia debió ubicarse entre la carga de las canoas que dos canoeros hacían navegar a punta de remo. Más que susto del pequeñín loquillo por todo lo que les estaba ocurriendo, era curiosidad y emociones sin límites. Fue su primer viaje en tren, llegar a una ciudad desconocida, subirse por primera vez a un aparato que se movía al vaivén de las olas y cruzar esa inmensidad de agua. Así, cuando los remos empezaron a mover la repleta canoa, el chiquillo que iba recostado sobre el regazo de su padre quien lo sostenía, sacaba la manito para sentir en ella la humedad del agua que a veces chispeaba al golpe del remo, o de las olas con el costado de la nave. En un momento inesperado sacó una piernita y al colgarla  vino una ola y se llevó su zapatito del pie derecho. Reaccionó, metió su extremidad en la canoa y el padre ni se dio cuenta.

Puente "los Caras" Bahía - San Vicente

Estos recuerdos llegaron como cascada a la memoria, sesenta y cinco años después cuando, ese que fue niño que perdió un zapatito cruzando en canoa el estuario de Bahía  a San Vicente, cruzaba esta vez, en vehículo propio por el más esperado, más largo y bello puente que ese día se había habilitado previa su inauguración oficial. Ahora, esto es un testimonio del abrazo fraterno que unirá, no solo a las ciudades hermanas de dos cantones, sino a las familias que verán un puente bendecido, un camino imparable hacia el progreso y una fórmula de acrecentar la cultura mediante la integración nacional e internacional.
¿A quién hay que agradecer?, ¿a quienes se debe obra tan monumental? Sin duda alguna, hay más de una persona, hay más de una institución, hay más de un político y hay más de un ciudadano que desde hace mucho tiempo han estado en el camino para la realización de este proyecto, pero ha sido el presidente Correa que tomó la decisión del ejecútese y ahí está para aumentar sus réditos y glorificar su mandato. Aunque no comulgamos con muchísimas de sus actitudes, debemos ser justos al reconocer que algunas de sus decisiones han cambiado positivamente.
¿Y el zapatito? Cuando íbamos por la mitad del puente le dije a mi hijo que manejaba el vehículo, “para, Alberth, para,… que ahí abajo parece que veo el zapatito” -¿Qué zapatito?, inquirió mi hijo. El que me arrebató una ola hace sesenta y cinco años – le contesté y sonreí –, luego les conté el episodio de mi vida que hoy comparto con ustedes queridos lectores.

Por Luis Zambrano Robles

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